A NUESTRA SEÑORA DE LA AURORA, PATRONA DE BENEJAMA

(Fragment, 1885)

Siempre te amé! Con fervoroso labio
tu dulce Nombre balbucí en mi infancia:
miel fue a mi boca en los veloces días
que sólo un punto de jazmines ciñen
nuestra serena frente; y luz y amparo
ora que el Sol de mi vivir fulgura
con nueva luz en el cenit del tiempo.
Te amé, soñando en el alcanzar de oro
que en la alta cumbre de los cielos vallan
tus legiones innumeras de vírgenes!
Te amé al surcar con navecilla endeble,
roto el timón, sin anclas ni velamen;
y por primera vez las turbias zonas
del mar amargo de la vida, oh Vírgen!
Te amé al perder la acariciada dicha
que el infortunio y la amargura roban
al corazón que en lo terreno espera!
Te amé al sentir la soledad del alma,
cuando el Sol terminaba su carrera,
y agonizaba con el Sol mi calma!

Fueron, oh Madre! del dolor primicias
las que amargas gusté, cuando de abrojos
alfombraron mi senda los dolores!
Nunca el turbión se desató más fiero
sobre el sereno mar de mi existencia,
ni más oscura encapotó el espacio
la tormenta sonora. Tronchó mis flores,
como el cierzo impiadoso las del valle;
en yermo estéril convirtió el cercado
donde el calor piaba de mis besos
mi bandada infantil; hoja tras hoja
perdió su gala y su verdor el sauce
donde cuidaba mi inocente prole;
su disco veló el Sol; glacial y oscura
tendió la noche su enlutado manto
sobre el campo sin sombras de mi vida,
y el corazón al estallar en llanto
sintió más honda la profunda herida!

[…]

¿Quieres que sufra más? ¿Quieres que llore
cuando de nuevo se encapote el cielo?
Si te place, Señora que te implore.

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